El Carmelo de Pijoaparte y las cometas, por Natalie Arévalo Gutiérrez*

Ruta en torno a Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé

Martes 9 de junio, último día de clase. ¿Qué mejor manera de despedirnos de 1º de Bachillerato que haciendo una excursión y  no cualquier excursión, sino una en la cual podíamos vivir en cuerpo y alma el libro que habíamos leído en el segundo trimestre: Últimas tardes con Teresa?

Me desperté tarde (hemos tenido un par de semanas duras a causa de los exámenes) y mi primer pensamiento fue: “¡Que pierdo el bus!”. Creo que nunca había ido tan rápido en vestirme y  arreglarme. Y… ¡qué alegría cuando llegué a la Espiga y descubrí que mis compañeros aún seguían allí!

Dos horas después ya estábamos en el monte Carmelo, donde tuvimos el gran privilegio de vivir en carne propia los momentos más importantes de la historia de Manolo Reyes (el Pijoaparte) y Teresa Serrat en ese barrio que Marsé describía así: “El Monte Carmelo es una colina desnuda y árida situada al noroeste de la ciudad (…) La colina se levanta junto al parque Güell, cuyas verdes frondosidades y fantasías arquitectónicas de cuento de hadas mira (Pijoaparte) con escepticismo por encima del hombro, y forma cadena con el Turó de la Rovira”. Nos acompañaba Aymara, una guía de origen venezolano (su acento me gustó mucho), que trataba de que viviésemos muy activamente todo el itinerario: quería que el paisaje nos “interperlara”, que cada una de las paradas fuese un “ágora” en la que  contáramos lo que nos sugería. Como de costumbre, al principio estábamos callados, poco participativos, pero a medida que avanzaba la mañana, empezamos a soltarnos cada vez más.

Podría explicar todo el recorrido, ya que fue “único” para saber por dónde pasaba cada día Pijoaparte, qué paisajes miraba, qué pensaba, dónde vivía… Fue espectacular. Empezamos conociendo dos lugares opuestos, muy presentes en la novela: el Cottolengo del Padre Alegre, una residencia  que a algunos les recordaba a una cárcel  y que Andrea, una compañera que vivió muchos años en el Carmelo, describió como “un lugar al que va la gente a la que nadie quiere, los más desfavorecidos”: los más pobres, los que nacen con malformaciones…  Y  enfrente, el Parc Güell, un lugar muy conocido y hermoso, que Gaudí concibió como una urbanización residencial para familias adineradas. En toda la ruta,  la diferencia de clase entre ricos y pobres estuvo muy presente. Yo entendía muy bien de lo que hablábamos, pues al tener padres separados sé muy bien lo que es la diferencia de clases en mi propia familia: de parte de mi padre lo que es la “clase media alta” y de parte de mi madre lo que es la “clase baja”. Y no sé por qué, pero siempre me ha tirado más la gente trabajadora y de poco prestigio, supongo que por su humildad y generosidad.

En verdad me pareció muy raro estar tan poquito tiempo en un lugar tan hermoso como el Parc Güell, pero lógicamente teníamos que seguir la ruta del Carmelo de Marsé. Vimos el lugar donde los protagonistas del libro tuvieron su primera cita: el Tíbet, un bar restaurante que Marsé describe así: “Rincón sofisticado (falsa cabaña, troncos barnizados, techo de paja, luz embotellada) en la terraza de una vieja torre de los años treinta”. ¡Estaba igual!  Y enfrente aquellas motos que robaba Pijoaparte, para intentar escapar de ese barrio de barracas, del que no estaba nada orgulloso. Pero  fue después cuando empezó la gran caminata, esa subida tan empinada, que nos llevaría al Turó de la Rovira. Al verla desde abajo ya te cansabas, pero fue lo contrario: acompañada de mis amigos y contándonos anécdotas, esa subida fue muy divertida. Recuerdo que Roger dijo: “Imaginaos que tuviésemos que hacer esta subida cada día para llegar al instituto”.  Todos nos reímos y la respuesta fue unánime: “Pues no iríamos al insti”.

Olga siempre nos decía que el Delicias, aquel bar donde Pijoaparte jugaba a cartas con los viejos del barrio, existía todavía y que si todo salía bien algún día lo visitaríamos. Y así fue: ahí estábamos Alba, Feiber, Cinthya y yo sentados en una mesa del Delicias, tomando unas claritas con patatas bravas, juntos como verdaderos amigos, discutiendo quién de la clase se parecía más a Teresa y quién más a Pijoaparte, y comentando lo cansados que estábamos pero lo bien que estábamos. Fue una sensación muy hermosa. Muchas veces las cosas más pequeñas son las que nos hacen felices.

* Estudiante del Institut Eugeni d’Ors de Vilafranca del Penedès. Junto con sus compañeros de primero de bachillerato, participó en la ruta del Carmelo, realizada el 9 de junio de 2015.